Orfidales a raudales

Bajo este título tan jocoso traigo hoy una entrada más bien seria. Tenía ganas de escribir sobre psicofarmacología, y me he decidido por ese grupo de medicamentos con el que mantengo una relación de amor/odio: las benzodiacepinas (BZD o benzos, para abreviar). Por si alguna persona que no pertenezca al mundillo sanitario ha continuado leyendo después de la palabra “psicofarmacología”, os hago un pequeño acercamiento:

Las BZD son unos fármacos que actúan a nivel del sistema nervioso central y cuyos principales efectos terapéuticos son la sedación, ansiolísis, relajación muscular y aumento del umbral convulsivo. Por estos efectos, son comúnmente prescritas por médicos de Atención Primaria, psiquiatras y otros especialistas para cuadros de ansiedad, insomnio, contracturas musculares o epilepsia, entre otras indicaciones. Las benzos más conocidas y que sonarán a todo hijo de vecino hereje (farmacológicamente hablando) son el lorazepam (orfidal), diazepam (valium), bromazepam (lexatín), flunitrazepam (el tristemente famoso rohypnol) o el alprazolam (trankimazin).

Mi intención con esta entrada no es hacer una disertación sobre los fármacos, válgame deu, sino más bien hablaros sobre el problema con el que nos enfrentamos a menudo en nuestra práctica clínica por el uso desmedido que se hace de las benzodiacepinas.

Las BZD tienen sus efectos secundarios, como todos los fármacos (leerse un prospecto de cualquier medicación equivale al visionado de 2´4 películas de terror japonesas), y entre otros están los siguientes: sedación (sí, puede ser tanto un efecto deseable como indeseable), amnesia, problemas respiratorios, confusión, pesadillas y sueños vívidos. Pero principalmente la problemática con estos fármacos se da por la adicción a nivel psicológico y físico que producen, y por la tolerancia (esto es, que se necesita más dosis para conseguir el mismo efecto), problemas que aparecen después de poco tiempo tomándolas, y no tiene por qué ser a una dosis exagerada.

No tengo un estudio a mano para decirlo de manera tajante (quizá debería para que esto fuera más estadísticamente correcto), pero perfectamente pueden encontrarse entre los fármacos más prescritos en nuestro país, junto a protectores gástricos (tomemos omeprazol como si no hubiera un mañana, ¡claro que sí!), los antiinflamatorios o los antihipertensivos. Es raro el paciente nuevo que me llegue sin su orfidal o trankimazín cada 8 horas, algunos recientemente pautados y en relación al motivo por el que son derivados a Salud Mental, y otros que los tienen incluidos en sus recetas electrónicas desde la última vez que España ganó Eurovisión. Y es sobre todo con estos últimos con quienes nos las vemos y deseamos a la hora de retirarlos.

He dicho al principio que mi relación con las benzos es de amor/odio, y aunque por lo que estoy escribiendo parezca más bien lo segundo, no es así. Me parecen buenos fármacos, bastante útiles si se usan con la precaución y supervisión debidos. El problema viene porque no es así, sino que se usan demasiado alegremente. ¿Motivos por los que pasa esto? Se me ocurren varios:

  • La propia demanda del paciente. Ya sea para quitarse la contractura que le salió por cargar la caja del sofá Sköjmenauer desde la puerta del Ikea al coche, para ayudarle a dormir o, simple y llanamente, para colocarse cual Pocholo en un Disneylandia ibicenco, el paciente es muchas veces quien pide que se les recete estos fármacos.
  • Por la falta de tiempo. Algo que por desgracia es lo normal en las consultas de primaria (y en muchas de especializada). Es más rápido recetar que pararse a escuchar lo que le ocurre a la persona que tenemos al otro lado de la mesa.
  • Por la falta o desconocimiento de otros recursos.
  • Por la actitud indolente del médico en cuestión, ya sea esta congénita, o sea, que se la rempampinfla todo (en ese caso, hágase y háganos un favor y dedíquese a otra cosa, s’il vous plaît); o adquirida, véase el síndrome del burnout (tan favorecido por el trato del sistema sanitario a sus trabajadores). Repito y modifico: es más rápido y cómodo recetar que pararse a escuchar lo que le ocurre a la persona que tenemos al otro lado de la mesa.
  • Por la falta de educación sanitaria: a) del paciente, a quien se le debería explicar los riesgos de este tipo de medicación; o b) del propio médico, quien, también por indolencia, falta de tiempo o simple desconocimiento, prescribe a veces sin ton ni son.
  • Y, en relación al primer punto, el de la demanda, pero que quería dejar aparte: la medicalización de los problemas cotidianos y la escasa tolerancia que tenemos a ellos en muchas ocasiones. Aquí también compartimos culpa tanto médicos como pacientes.

¿Soluciones para esto? Pues no las tengo, porque de ser así estaría de consejera de Sanidad haciendo declaraciones desafortunadas y no ejerciendo de psiquiatra perdida entre montes vascos.

Aunque por desgracia no podemos hacer nada con la mala gestión del sistema (o sí: en el momento de ir a votar en unas elecciones), viendo los puntos anteriores sí podemos plantearnos cosas plausibles en nuestra práctica diaria, como podrían ser: conocer las alternativas para algunas de las indicaciones para las que usamos las BZD (técnicas de relajación para la ansiedad, práctica deportiva también para la ansiedad y para algunas dolencias musculares, pautas de higiene del sueño para el insomnio), escuchar lo que el paciente y/o su familia nos quieren decir (y para esto no siempre es necesaria media hora de consulta), dar una mejor información al paciente cuando prescribimos (dosis, duración del tratamiento, riesgo de tolerancia y de dependencia) o, simplemente y como tendría que ser, tener un buen conocimiento del fármaco que estamos a punto de recetar (somos médicos y por tanto condenados a estudiar forever and ever). Con esto quizá no vamos a reducir todo lo que deberíamos la cantidad de estos fármacos que se prescriben, pero sí que podemos ayudar a hacernos la vida más fácil, tanto entre los profesionales como a los pacientes.

Espero que os haya resultado interesante la entrada. Agradezco a Sophie (mondomedico) la idea para la entrada, que surgió a raíz de un tweet suyo.

bzd
(el chistecico que no me falte)
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Anorexia, vigorexia y otras exias

Hace poco, tontineando por instagram, llegué a la cuenta de una chica que, a juzgar por el número de seguidores que tiene, debe ser conocida por estos mundillos del interné. En su descripción ponía, aparte de otros datos, “recuperada de anorexia”. Viendo la cantidad de blogs y webs camuflados que promueven la anorexia y bulimia (sí, camuflados: buscad “ana y mia” y os llevaréis las manos a la cabeza), la verdad es que me alegré por ella y por compartir esto. Hasta que comencé a mirar sus fotos. Gran parte de ellas eran de comida, pero no de guarreridas o las cosas normales que se suben (subimos) a instagram para compartir nuestro foquismo y dar envidia gastronómica a los demás, sino de lo que ella y mucha gente considera #healthyfood (pongo el hashtag porque es muy habitual verlo en las redes, no porque yo sea una tipa muy cool, que también): carnes a la plancha con verduras, copos de avena con preparados proteínicos de distintos sabores, batidos también de compuestos proteínicos, bebidas “para deportistas” (al parecer, es “embajadora” de una marca de esto). Otra buena parte de sus fotos eran de ella en el gimnasio: haciendo ejercicio o en el vestuario enseñando sus progresos. Curioseando, llegué a una foto que colgó con la comparativa de su físico cuando padecía anorexia con respecto al de ahora, supuestamente sano y atlético: en la primera daba cosita, como se suele decir, de lo escuchimizada que estaba (escuchimizada, término médico/científico donde los haya, únicamente empleado por endocrinos de alto caché y por mi, of course); en la segunda foto… pues también daba cosita, para ser sinceros. La chica ha pasado de ser un suspiro a ser la hija hormonada de Chuck Norris.

Fuera coñas (yo es que si no meto un promedio de 2’3 chistes por párrafo me pongo mustia cual geranio sin sol), esto me dio que pensar. Hace poco leí sobre un caso similar, y lo que me preocupa más es que en mi entorno conozco a más de una (y de dos) personas que me vinieron a la cabeza al leerlo. Personas delgadas o muy delgadas que han pasado de estar preocupadas obsesivamente por su peso a estar obsesivamente preocupadas con la práctica de ejercicio.

Que es el mundo de la moda el principal culpable de esto es lo que estamos acostumbrados a escuchar. Se ha pasado de venerar un cuerpo sano, atlético, pero con curvas (véase los 80, con Cindy Crawford y sus vídeos de aerobic) a admirar uno sin formas, andrógino y casi de aspecto enfermizo (finales de los 90-década del 2000).

Maniquíes de El Corte Inglés, con sus costillas, su cadera y toda su estructura ósea bien marcadita, que no se diga

En el último tiempo parece que se están volviendo a poner de moda los cuerpos atléticos, aunque no como los de hace 30 años, sino atléticos desde una delgadez excesiva. Para muestra, en este enlace tenéis imágenes y vídeos en las que pueden compararse a las famosas ángeles de Victoria´s Secret desde la década de los 90 hasta la actualidad.

Por esto, en la mayoría de tiendas ya es habitual ver una colección de ropa deportiva aparte de la “de calle”. En las tiendas, en la televisión, en la publicidad… en todas partes podemos comprobar que el estilo de vida healthy está en boga. Si nos quedásemos ahí, en promover unos hábitos saludables, sería perfecto. De hecho, para gente como yo, que tendemos al sedentarismo (forma suave de decir que me muevo menos que las rodillas de un playmobil) todo esto motiva bastante a la hora de animarnos a hacer ejercicio. El problema viene cuando esto se convierte en una obsesión.

En el paciente con anorexia vemos habitualmente un mismo patrón de personalidad: son personas con un elevado nivel de autoexigencia, perfeccionistas, inseguras y con baja autoestima. Esta última se ve relacionada principalmente con la imagen que tienen otros y el propio paciente sobre su cuerpo, dando lugar a una percepción anómala de la misma (dismorfofobia). En la vigorexia también se da la dismorfofobia, aunque en lugar de existir una obsesión por la obesidad, es por la flacidez y debilidad. La vigorexia siempre la hemos relacionado con los culturistas, tipos como el Chuache de joven, y creo que nada más lejos de la realidad hoy día. Todo ese afán por lo healthy (le estoy cogiendo tirria a la palabra), por marcar abdominales y cuádriceps, porque no cuelgue ni un poquito de carne de los brazos, me parece casi más peligroso que la anorexia. Cuando vemos la imagen de una chica con anorexia nos estremecemos, nos da cosita, como dije antes. Si, por el contrario, vemos a una modelo también excesivamente delgada pero marcada, pensamos “no está tan delgada, está fibrada“. Ahí hay mucho peligro, señores. Estamos justificando y legitimizando ese canon de belleza.

Otro claro ejemplo relacionado con el tema es la ortorexia, la obsesión por comer sano. Hay que ver estos médicos la manía con ponerle nombre a todo, ¿eh? Pues en este caso me parece correcto hacerlo, y es que la preocupación por no ingerir colorantes, conservantes, azúcar refinado, grasas trans, alimentos trangénicos, pollos hormonados, carbohidratos simples ni cosas que no hayan sido recolectadas de forma sostenible por un monje budista en un entorno respetuoso, se nos está yendo de las manos, dando lugar a dietas peligrosas, por su composición y su publicidad y aceptación en los medios. Repito lo de antes: no está mal querer cuidarnos, comer sano y controlar lo que ingerimos. Lo patológico, como en todo, comienza cuando la preocupación por esto interfiere y afecta a nuestra vida.

A mi personalmente también me afecta todo esto, no creáis que escribo desde la superioridad moral e intelectual; al contrario, lo escribo porque me preocupa: por mi misma, porque veo que toda esta m*erda (con perdón) me influye lo quiera o no (sentirte culpable si ves que no ingieres la suficiente #healthyfood; ir de compras y ver que, sin haber variado prácticamente de peso en los últimos años, tienes dos tallas más que hace 3 veranos; ver que sí, que no estás gorda, pero estás blandita…) y, como he dicho, porque veo que se están normalizando de forma alarmante cosas que no deberían ser normales.

El problema creo que está en que somos una sociedad de extremos, parece que no podemos quedarnos en un término medio: o nos obsesionamos de mala manera con estar como una sílfide o pasamos olímpicamente y acabamos lavándonos con un trapo atado a un palo. Y esto, el ser extremistas, es así no sólo con el tema de la apariencia, sino con casi todo. Será esto a lo que Freud llamaba pulsiones de muerte.

Y con esta última frase que me he marcado para que veáis que soy una chica estudiada, me despido. Nos leemos en the next parrafada 😉

¿Dónde nos habíamos quedado? (II): …a lo laboral

Sí, lo sé. Soy más inconstante que el Guadiana.

Tenía pensado publicar esta entrada allá por mayo, poco después de la anterior. El no hacerlo entonces fue porque trata sobre el tema laboral, y cuando me disponía a escribirla (de hecho, tenía el borrador prácticamente listo) mis circunstancias de trabajo (de no-trabajo, más bien) cambiaron, y un tiempo después volvieron a cambiar, por lo que dicho borrador quedó obsoleto. Retomando la entrada y viendo que las llamadas de la bolsa del SAS juegan conmigo como si del malo de SAW se tratara, me arriesgo a que de aquí a su publicación nuevamente mis circunstancias cambien y tenga que re-retomarla más adelante, pero en algún momento quería hacerlo.

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Flora y fauna gimnástica

Supuestamente la siguiente entrada que iba a escribir era la continuación de mi “reubicación bloguera”, en lo relativo al tema profesional, pero como estoy teniendo tantos vaivenes al respecto, prefiero aplazarla para un poco más adelante. Por eso, y porque hoy, después de una siesta de dos horas de la que me he despertado desorientada temporoespacialmente y con un gato enroscado encima de la barriga, me tocaba haber ido al gimnasio pero no lo he hecho (no por falta de ganas, sino por no despertar al gato, entendedme: soy toda nobleza), así que he optado por escribir precisamente sobre eso: el gimnasio.

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¿Dónde nos habíamos quedado? (I): de lo personal…

Casi dos años sin escribir… ¡dos años! No sé si asombrarme más de lo poco inspirada que he estado o de lo rápido que pasa el tiempo. Para resituaros y resituarme un poco donde dejé el anterior blog, allá por el 2013, intentaré resumir brevemente qué ha sido de mi vida en este tiempo. Y los que me hayáis leído en el pasado ya podréis imaginar que: ni va a ser resumen ni va a ser breve, pero bueno, asumo que tenéis tanto tiempo libre como yo o que os gusta invertirlo en el maravilloso pasatiempo de la procrastinación, así que allá voy.

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Mudanza y reapertura

El título lo dice todo: traslado mis andanzas a otro dominio (espero no perder nada por el camino) y, por enésima vez, intentaré retomar esto y no escribir con una frecuencia bianual. Que empieza a ser más probable ver al cometa Halley surcando el cielo una noche de eclipse de luna que a mi actualizando el blog.

See u soon! (palabrita)

gospel
Un grupo de espontáneos celebrando la reapertura del blog